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Un ciclo sin fin

Una historia por Mateo Galleguillos Cordero

Al frente de la vivienda del Presidente de la República, Gabriel Boric, existe una casona con una arquitectura antigua típica del lugar donde se ubica, el Barrio Yungay. Esta casona es una corporación, una que ayuda, dignifica y apoya a las personas en situación de calle, la corporación «Nuestra Casa».
El objetivo de esta organización es llegar a la calle cero, es decir, eliminar la situación de calle en la gran ciudad. Se trabaja día y noche para que las personas en situación de calle puedan superar la exclusión social  mediante  la rehabilitación. La sede es un espacio protegido entrega  apoyo psicosocial a quienes se acercan, en cuanto a la infraestructura, cuenta con oficinas, un cuarto de estar acompañado con una televisión, un computador y habitaciones de cuatro camas en las que pueden ingresar 26 personas, solo es necesaria una entrevista previa donde piden una rutina laboral, ya sea formal o informal, y 1.500 pesos mensuales para poder habitar esta vivienda. «Corporación Nuestra Casa» vela por la autonomía de las personas en situación de calle.
Después de la rehabilitación y que demuestren valerse socialmente, pueden ingresar a viviendas compartidas donde pueden aprovechar su independencia al máximo.
A las 18:00 PM, empiezan a llegar grupos de personas que desean colaborar con la causa de «calle cero» como también ex residentes de la sede del Barrio Yungay, como agradecimiento al apoyo que les brindó y con un entendimiento personal al vivir las siniestras desventuras de las frías y oscuras calles Santiaguinas.
De Yungay hasta Matucana, pasando por el Parque Portales, lugar habitado por estudiantes de educación media en las tardes, y tierra de nadie en las noches, hasta el hospital San Juan de Dios, habitado por personas en situación de calle que se ganan la vida estacionando vehículos. Aproximadamente 15 personas conforman el equipo, con un carro de supermercado que soporta panes con manjar y café. El frío y la extensa noche no frenan a «Corporación Nuestra Casa», que con los pies exhaustos y un cansancio por trabajar una vasta jornada en oficina, no es excusa suficiente para cumplir su labor social.
«Corporación Nuestra Casa» se esmera de sobremanera para rehabilitar a las personas en situación de calle. Dignifican seres que fueron inhabilitados socialmente por personas como tú, o como yo. Les regresa su autonomía y los convierte en personas funcionales y dignas donde entierran todos los prejuicios impuestos por los habitantes de Santiago para poder renacer y proporcionar una mano para ayudar a los que se encuentran en este agujero. «Corporación Nuestra Casa» es un ciclo, un ciclo de ayuda y entendimiento.

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Muerte, menstruación y calle

Una historia de Pedro Hormazábal Aguilera

La Fundación Gente de la Calle, ubicada en Franklin en un antiguo edificio del Instituto de Previsión Social (IPS) es un tremendo lugar, pero que al momento de ser adjudicado a Gente de la Calle estaba con un deterioro notable y que el accionar de estos agentes sociales logró restaurar en cerca de 3 meses y sólo con autogestión. Esa es un poco de su historia, pero hay más. Anteriormente, recibían gente en una sede en Recoleta, apenas llegaba uno, llamaba a la nostalgia al tocar la campana de la puerta, ya que, esta se ocupaba en un pasado para avisar que la comida estaba preparada y se acercaran a comer un rico plato de comida.

Con esa acogida llegábamos a empaparnos de la historia y acción de esta fundación. Una empinada escalera nos llevaba a las salas donde trabajan día a día contra la situación de calle, pero el shock nos pegaba al ver unos letreros con una cruda realidad, la menstruación en la calle y unos testimonios que eran de primera fuente. Las mujeres recurrían incluso a gasas para poder combatir su periodo, algo natural, pero que las violenta e invisibiliza.

Algo aún más común y que todas las personas pasaremos sí o sí es la muerte, un tema tabú y que nadie se pregunta qué ocurre luego de la muerte de gente en situación de calle. Fundación Gente de la Calle también toca este punto, dignifica la muerte de estas personas llevándoles a un lugar merecido para tener un descanso eterno, como lo es el Mausoleo Memorial Dignidad para gente en situación de calle.

Pasando este muro de testimonios y el florecer de cuestionamientos acerca de la realidad de cosas que encontramos básicas o comunes para las personas, para quienes se encuentran en situación de calle, golpean de una manera violenta, sin muchas chances de solucionarlo o revertirlo. Esas incógnitas quedaron plasmadas en nuestra mente, las planteamos y nos relataron una ruta con matronas que hacían hace un par de años y que buscan volver a retomar.

El segundo piso era una locura, había una segmentación de donaciones para realizar una venta de garage y seguir financiando el resto del año. Un trabajo de joyería, donde las ropas y productos iban a tumultos, luego a bolsas con etiquetado y próximamente a la venta con fines de tener un recurso.

Muchas manos trabajan día a día para llevar Gente de la Calle adelante. Más que una simple fundación, es la comunidad que aboga por suplir las injusticias sociales que existen en nuestro territorio. Su financiamiento nos da una pista de a dónde van los tiros, la autogestión parece ser la manera más fiable, no se puede confiar en planes gubernamentales, ya que, muchas veces, se invisibiliza, se aparta, se dan otras prioridades o, diciéndolo con todas sus letras, se margina.

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Salud para los marginados

Una historia de Pedro Hormazábal Aguilera

Esta iniciativa nace desde 2007, caracterizada por un voluntariado que va recorriendo las calles de Santiago en busca de entregar una atención digna, de calidad y dirigida a las personas en situación de calle que se ven marginadas respecto a la salud pública. Una agrupación de voluntariados esencialmente del área de salud que se comprometen con este problema multifactorial que golpea nuestra sociedad.

Nosotros vivimos en carne propia la atención desinteresada que entrega Salud Calle. El sábado por la mañana conocimos su sede, una antigua casa, que se transformó en “okupa” previo a gestiones que consiguieron darle este hogar a Salud Calle y, más destacable aún, el cómo habilitaron boxes, salas, y bodegas desde unas condiciones iniciales paupérrimas.

Han llevado a cabo una tremenda labor, y lo siguen haciendo. Ese día vimos cara a cara la dureza de la marginación, el abandono de la salud pública y el valor humano que le dan a los pacientes, estos jóvenes que se desviven por darles una integridad y reinserción en el sector público.

Un servicio de la mayoría de ellos estudiantes aún y con un fin de voluntariado, sin fines de lucrar con el servicio a la comunidad. La causa social tocó sus fibras y como futuros profesionales ponen sus conocimientos en favor de un futuro mejor, con más dignidad y menos marginación.

Calidez humana, amor por la labor social y un profesionalismo admirable para afrontar las adversidades que se plantean. Hoy está en una sede, hace un tiempo era una ruta, pero siempre el mismo objetivo: darle una salud digna y de calidad a los más afectados por la situación de calle.

¿Por qué ellos sí pueden verlos? ¿Por qué otros marginan de algo tan básico como la salud? ¿Por qué no se le da el énfasis necesario como sociedad?

Esas preguntas nacen en el terreno, hay que empaparse de la realidad, aunque duela o cueste debemos entender que quizás sea una experiencia única para nosotros, pero hay gente que batalla día a día con esto, por volver a tener condiciones que consideramos mínimas como sociedad, sin embargo, no preocupa si se cumplen para todos a cabalidad.

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Las oficinas de cristo

Una historia de Sebastián Álvarez Arenas

Si bien, hasta los ángeles en el cielo tienen sus respectivos puestos de trabajo, estos necesitan de la preparación de un ser superior que los capacite para cuidar a los que vivimos en la tierra.

Existe en la comuna de Estación Central, exactamente ubicada en Hogar de Cristo 3812, un complejo de oficinas destinada a preparar y orientar a los grandes líderes que se encargan de inspirar y manejar las organizaciones que han tomado la desafiante tarea de ayudar a las personas en situación de calle la cual imita aquella preparación celestial que necesitan estos seres para cuidar a los más desamparados.

Así se presenta “Acción Solidaria”, una organización con múltiples tareas y actividades, y su trabajo se distribuye a lo largo de todo nuestro país. Dentro de su misión se encuentra principalmente entregar las herramientas necesarias para alimentar la pasión, destreza y habilidad social de mover las masas para ir en ayuda de las personas que se encuentran en situación de calle.

Es muy probable que, Misioneros Cristo de la Calle, Hijos de la Calle, Gente de la Calle, Salud calle y Corporación Nuestra Casa hayan pasado por estas oficinas, que los prepararon y entregaron diferentes servicios para instruir a sus líderes y equipos colaborativos.

Con frases en sus paredes, con múltiples galardones por trabajo social, y teclados que funcionan a toda marcha se muestra “Acción Solidaria” frente a los visitantes, el olor a café inunda las oficinas, detrás de cada mampara de vidrio se observa todo el equipo trabajando con diferentes organizaciones, si bien, cada organización necesita herramientas diferentes todas comparten en común el ayudar a los más necesitados, consumo de drogas, situación de calle, violencia entre otras, de todas estas situaciones se encarga de guiar a los líderes “Acción Solidaria”.

El trabajo es arduo, las llamadas suenan cada segundo, y cada oficinista de “Acción Solidaria” responde con amabilidad y amor a las necesidades de la persona que se encuentra al otro lado de la línea telefónica. Si hay un problema, ellos buscan una respuesta, a cada debilidad ellos tienen ya preparado un curso de capacitación para atacarla, para cada necesidad ya poseen un conducto regular que la controla, para la necesidad de alguna palabra de aliento ellos ya poseen un discurso de páginas enteras.

Si bien, puede parecer insignificante para el resto de los ciudadanos estas pequeñas oficinas y su personal, solo ellos saben lo importante que es su trabajo detrás de los computadores y teléfonos, sólo los grandes líderes que guían a sus organizaciones saben lo vital que ha sido “Acción Solidaria” en su trabajo social, al fin y al cabo, debe ser muy parecido a cómo funciona el cielo, deben tener oficinas, y estas deben ser las oficinas de cristo.

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Cristo camina por las calles

Una historia de Mateo Galleguillos Cordero

En Aves del paraíso, calle de la gran comuna de Maipú, se ubica la “Capilla San Bonifacio”, al frente de la “Plaza de los Palos”, sitio de pastos verdes y hermosas casas, concurrido y adornado con niños jugando en los columpios y perros de buen pedigrí siendo paseados por sus amos.

Al lado de la iglesia, al frente de los baños, se sitúa una cocina, una cocina diferente a las demás, ya que en esa cocina, hay más de veinte años de historia de una fundación que supo observar y detectar, fuera de los bellos hogares del sector, la pobreza escondida que vive la fría ciudad. Todos observamos, pero esa cocina no se quedó ahí, ya que se dedican fervorosamente, hace más de dos décadas, a dignificar a las personas en situación de calle.

Esta fundación es «Misioneros Cristo de la Calle» o «la marea roja solidaria», llamados por los vecinos del sector por sus míticos polerones color rojo amor. Fundado por Elisa Vergara hace 25 años, que siempre dedicó, a través de sus «rutas del amor», en entregar alimentos, ropajes y compañía a las personas en situación de calle. Desde el paradero nueve de pajaritos de la comuna de Maipú, pasando por la Alameda en Santiago Centro hasta el hospital “San Juan de Dios”, en Quinta Normal.

El compromiso social y el corazón es lo que mueve a «Misioneros Cristo de la Calle» a seguir adelante, tanto que ni las heladas de julio, ni las altas temperaturas de enero los frenan. Hasta logran gambetear a las autoridades en momentos de crisis para cumplir su cometido. En pandemia, aquel grupo completo salió en bicicleta para acompañar y arropar a las personas en situación de calle.

En este instante, gracias al esfuerzo, el trabajo duro y la dedicación por sus ventas en la “tiendita del amor” en la feria, lograron comprar un furgón para llevar sus grandes ollas de alimentos, té, café, empanadas, sopaipillas y ropajes para ayudar a las personas abandonadas por la sociedad.

Antes de partir, todos se toman de las manos, frente a la cruz de Cristo. Su Cristo se encuentra en aquella plaza. Ahí oran que Dios les siga entregando fuerza, amor y pasión para brindar un grano de arena en una problemática que se ve que los grandes organismos del estado no les preocupa.

Después de obtener la fuerza necesaria para enfrentar el frío de julio, los “Misioneros Cristo de la Calle” salen en caravana para dar ayuda a las personas que están en situación de calle. De la parada nueve de Pajaritos hasta Plaza Maipú, es donde cruzan la carretera. Allí encuentran un “ruco”, prenden los intermitentes en señal de detención y toda aquella familia se baja del furgón para ir en búsqueda de la persona que guarece en el «ruco». Entre «Misioneros Cristo de la Calle” y las personas en situación de calle hay una confianza que se prevé que viene de años. Cualquiera pensaría que son amigos de toda la vida, ya se conocen sus personalidades, sus «mañas» y su forma de actuar.

Ya en Plaza Maipú, continúan buscando a personas en situación de calle para que puedan comer: «Gracias, tía», «Está riquísimo» o «¿Se puede repetir?», son las frases que más se escuchan. Y el único “pago” que necesitan «Misioneros Cristo de la Calle» es una cara de alegría y de calidez para continuar en aquella ruta hasta la comuna de Providencia.

¿Qué mueve a estos misioneros? Con un equipo formado también por una niña de aproximadamente 12 años, hermana de un bebé con apenas meses de vida y enfrentándose también a un frío abrumante, ¿por qué se desplazan de comuna en comuna para ayudar a las personas más necesitadas? Será, ¿Cristo? Será, ¿Labor social? Aún no lo sé. Pero lo que sé, es que la familia «Misioneros Cristo de la Calle», merecen ser apoyadas y visibilizadas por todo el bien que hacen, quizás un premio, quizás un cargo público, quizás ser alabados… pero no. Y en realidad no les importa nada de esto, ya que los mueve algo más, algo que solo ellos conocen, algo que secretamente aguardan en el interior de su corazón. Gracias por abrirnos sus puertas, «Misioneros Cristo de la Calle», gracias por la maravillosa experiencia que nos brindaron.

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Dos caballeros que preparaban pan con manjar

Una historia de Pedro Hormazábal Aguilera 

Nuestra labor como periodistas estaba completa, entrevista, apreciación del lugar, imágenes e información relevante para comprender la “Corporación Nuestro Hogar”. Sin embargo, la fría noche caía y la labor social se comenzaba a activar con la “Ruta Calle” de alimentos.

Nos vimos asombrados con la llegada de distintos alimentos y personas que venían a devolverle una mano a la “Corporación Nuestra Casa”, muchos de ellos ex residentes de la sede en Barrio Yungay, frente a la casa del Presidente Gabriel Boric. Allí, a pesar del resguardo policial, se reunían a colaborar en la “Ruta Calle” cerca de 15 personas, y en particular 2 de ellas que saldaban cuentas con la vida, ya que fueron ayudados en un pasado, entregaban ayuda y luz en el crudo anochecer que vivieron tantas veces.

Se encontraban dos caballeros, uno de aproximadamente 50 años y otro que bordeaba los 40 años. El mayor era un poco más cálido y preparaba los panes con manjar, pensando y narrando su pasado junto a nosotros y humanizaba a los marginados por el prejuicio que existe de la sociedad hacia la calle. El otro, muy correcto, mucho más serio, que parecía que nada le causaba gracia, pero ayudaba incansablemente. 

Con tantas manos ayudando fue veloz hacer los 50 panes con manjar, sumado a que estaba preparado el café nos pusimos en marcha junto a la compañía de estos caballeros, yo y mis compañeros ya entendíamos su lucha, ellos habían vencido la marginación, la droga, y vivir en situación de calle, llevaban más de un año en “Corporación Nuestro Hogar” y ya estaban como residentes en la etapa más avanzada donde comparten con otro compañero un hogar.

Entre cortes de pan, sacar manjar y esparcirlo en unos contundentes panes el más cercano de los sujetos nos hablaba de lo importante que es esta ayuda para él, entendía que es algo que supera toda clase de discriminación, la calle puede tocarte sin importar tu estabilidad económica, familia, raza, género, etc. A él le tocó aprenderlo por experiencia propia; con formación universitaria se vio envuelto en la falta de un techo y abrigo por culpa de la droga, malas decisiones que reconoce haber tomado en un pasado.

El caballero más joven nos pidió acompañarle mientras hacíamos paradas en cada “ruco” donde las personas en situación de calle dormían y pasaban la helada que caía por esas horas. Nos acercábamos acompañados de este caballero, y en ese momento, desde una bondad increíble, les hacía saber que llegaba una merienda para apaciguar la voraz hambre que provoca vivir en aquellas condiciones. 

Los que recibían la ayuda celebraban la presencia de la “Corporación Nuestro Hogar”, se escuchaba de parte de algunos de los beneficiarios de la “Ruta Calle” decir; “los cabros nos salvaron la noche”. En los alrededores del Hospital San Juan de Dios vi la presencia de ese espíritu bondadoso que profesan muchas religiones, vi como un hermano de la calle le prestaba ayuda a otro. Vi también como al primer sorbo de un café caliente renacían las ganas de seguir luchando contra las adversidades que enfrentan aquellas personas que se encuentran en situación de calle. Esa noche, conocí a dos caballeros haciendo pan, pero este no era cualquier pan, sino que era, pan con manjar. 

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Agradecimiento 

Una historia de Mateo Galleguillos Cordero

Sabíamos que la experiencia iba a ser dura, y que al terminarla no seríamos los mismos, todo esto es una situación que está fuera de nuestra burbuja de privilegios. Sin embargo, ninguno del equipo estaba preparado para lo que veríamos al visitar la ONG “Hijos de la Calle” y la “Corporación Nuestra Casa”. Si tenemos que definir nuestra breve vivencia en las organizaciones, en una palabra: sería “replanteamiento”, por todas las realidades que vimos, convivimos y que ahora comprendemos quizás de un punto de vista completamente diferente.

La primera organización a la que nos dirigimos fue “Hijos de la Calle” ubicada en Piedra Lobos 1235, en la comuna de Renca, nuestro recibimiento fue de diez puntos por Mauricio Soto, más conocido como «Mewi», y aún más conocido como «tío Mewi» por los habitantes de la ONG. Para nuestra sorpresa, coincidimos en visita con un grupo del Banco Falabella que fue a ayudar a preparar el almuerzo comunitario para las 12:40 PM, sin antes, tomar desayuno entre todos en el comedor central de la ONG. 

Al entrar a aquel espacio, debido a la calefacción del lugar y por el frío de afuera, los aromas corporales debido al poco aseo de los visitantes combinado con el cariñoso intento de limpieza de la ONG se intensificaban en el sitio. Nosotros intentamos ocultar el golpe a nuestro olfato al momento de entrar, pero como equipo, al conversar después, coincidimos en que nos impactó de gran manera.

Antes de comer, escuchamos una charla de «Mewi» sobre la validación y la necesidad social en el ojo de lástima por las personas en situación de calle que posee erróneamente gran parte de la ciudadanía y como esto no debería ocurrir, ya que somos igualmente dignos por ser personas comunes y corrientes. 

La primera imagen visual que nos sorprendió del lugar fueron las paredes del comedor. Fechas de cumpleaños de integrantes de la ONG, los objetivos de cada uno, como también los quehaceres que entre todos deben realizar: cocinar, limpiar los baños o traer alimentos a la bodega. Y ahí, nos percatamos de algo esencial que mantiene vivo espiritualmente a este sitio: todos trabajan, desde «Mewi» hasta nosotros, las visitas.

«Mewi», en el desayuno, mencionó que ese día pasaría una carroza fúnebre por un miembro de la familia de “Hijos de la Calle”. Todos los que estaban ahí presentes salieron con globos blancos para homenajear al compañero fallecido, mientras el carro pasaba, observábamos las caras de llanto de los conductores de aquella carroza que externalizan el dolor en el ruido de los motores haciéndolos rugir, se veían igual las lágrimas de los demás integrantes mientras agitaban sus globos con fuerza, rezando, haciendo la señal de la cruz y llorando por la pérdida de su ser querido. No comparten sangre, pero compartían lágrimas en esta ocasión, lo que reflejaba que eran una fraternidad y comunidad la familia de “Hijos de la Calle”. Como en todo hogar ahí todos trabajan, pero no como una obligación, sino para mantener el hogar que unió este recinto. 

Con el objeto de realizar un reportaje para la Universidad, nos acercamos a la ONG y trabajamos en equipos de dos al momento de grabar las imágenes, uno se encargaba de video y audio, y otros entrevistaron. Mientras parte del equipo entrevistaba a la psicopedagoga, otro se quedaba esperando por más material para aquel reportaje. En ese momento, Jorge Díaz, un visitante de “Hijos de la Calle”, nos contó su vida, él tiene un hogar, una casa grande heredada de su mamá, pero no tiene con quién vivir, está completamente solo. Así que, para aliviar su soledad, acude a “Hijos de la Calle” para ayudar, conversar y relacionarse con sus demás compañeros.

La soledad es una problemática que está presente en la sociedad, y más en estos lugares, y nosotros, que tenemos una familia que funciona como un ancla ayudándonos en momentos claves de debilidad, ya sea nuestra madre, amigos o un familiar, gracias a la historia de vida que nos brindó Jorge, quizás nos ayude a valorar más este tesoro: la compañía, que solo unos pocos privilegiados como nosotros podemos apreciar. 

Después de jugar a la pelota con Jorge, luego de entrevistar y grabar sentimos el cansancio. Esperamos al almuerzo para observar cómo los vecinos y vecinas de Renca llegaban a recoger su comida, pero a las 12:00 PM, aproximadamente, escuchamos el grito de una de las cocineras: «¡necesitamos manos!», y nos ponemos manos a la obra. Agarramos ollas gigantes que contenían arroz y guisos, ensaladeras grandes que había que dejar en el comedor para comenzar el almuerzo. Sinceramente, notamos las caras de cada uno de nosotros y había un gran miedo de botar la comida, el trayecto era corto, pero la mala suerte está en todas partes. No podíamos fallar.

Después de grabar cómo las personas se acercaban a la puerta para comer, nos despedimos de todos para retirarnos del lugar, si bien, nos alejamos de “Hijos de la Calle” luego de aquella jornada, esta vivirá para siempre en nosotros. Reímos, jugamos, conversamos y sentimos una gran tristeza, pero de aquellas que inspiran al saber las historias que se aguardan en ese lugar. Todo esto, no lo pudimos reflejar en el paradero de la micro en la vuelta, ya que aquel silencio reflexivo es lo que invadió e impidió una conversación entre el equipo.

Después de almorzar y poder descansar unos minutos, la jornada de trabajo continuaba, aún faltaba visitar a otro de nuestros socios comunitarios. Nos dirigimos al paradero cerca del metro Baquedano para ir a la “Corporación Nuestra Casa” ubicada en el barrio Yungay, frente la vivienda del Presidente de la República, Gabriel Boric. La fachada era antigua, muy típica del barrio Yungay, nos recibieron con mucha amabilidad, aunque se nos dificultó entrevistar debido a que el personal no estaba muy acostumbrado a las cámaras. Sin embargo, al terminar nos indicaron que necesitaban ayuda para hacer la «Ruta Calle» la cual consiste en repartir pan y café en el barrio. El trayecto constaba de Yungay hasta Matucana, así que, nuevamente, tendríamos que ponernos manos a la obra y vivir en carne propia una de las actividades más significativas de “Corporación Nuestra Casa”.

Las personas que viven en “Corporación Nuestra Casa”, cuentan con cuatro camas por habitación, un cuarto de estar con un televisor y un computador. Aquí pensamos que el sentido de comunión y familiaridad era parecida a “Hijos de la Calle”, pero quizás, no era tan así, ya que existe un constante cambio entre sus residentes.

Ya siendo las 17:30 PM aproximadamente, empezaron a llegar las demás personas para preparar el té, el pan y salir a repartir. A un integrante de nuestro equipo (el que en este momento está luchando con su memoria para escribir este relato lo más fiel posible a lo que fue) se le ocurrió la maravillosa idea de poner el manjar en los cincuenta panes que se estaban preparando, lo que, al término de esta tarea, concluyó en sentir las manos destrozadas hasta el día siguiente. En esta labor, nos asombró que la mayoría de los que hacían la «Ruta Calle» eran residentes, pero que estaban en otra vivienda de “Corporación Nuestra Casa”, ya que, habían egresado de la casa matriz, estos contaron su historia, y las variadas problemáticas que existían en la situación de calle, en específico la soledad que se vive día a día y noche tras noche.

Ya, con los 50 panes listos, el cansancio de la larga jornada de trabajo se empezaba a notar en nuestras manos y pies. Aquel aroma de un débil aseo característico ya se había impregnado en mi ropa y en la del equipo. Nos pusimos un peto color naranja fosforescente para distinguirnos y partimos al viaje para poder brindar nuestro grano de arena a las personas en situación de calle. Uno del equipo hizo la enseñanza media cerca de los lugares en los que pasamos repartiendo alimentos, y nunca observó la cantidad de gente en situación de calle que se encontraba en el perímetro, a pesar de estudiar cuatro años en aquel lugar.  Puede ser que ahora hay más personas en esta condición, o quizás él hacía ojos ciegos y oídos sordos, lo que ahora lo golpeaba la realidad como puño en la cara.

Uno de los voluntarios nos llevó a dos de nosotros para entregar pan y té, cerca del hospital San Juan de Dios y con la frase: “debemos estar juntos, es muy peluo´ por acá” y un gran miedo nos invadió al conversar con los demás del equipo. Es un sentimiento normal, el típico miedo a lo desconocido, pero aún queda un grado de culpa al conocerlos y descubrir que son personas que derrochan amabilidad. Los prejuicios hacen que lleguen los pensamientos negativos, pero tal como dijo “Mewi”, son personas como todos nosotros.

Tarde- noche, cansados, oliendo mal y agotados emocionalmente, son algunas de las descripciones que puedo recordar. El equipo se notaba muy exhausto y era normal, ya que uno de nosotros vive en la Dehesa Santiago Oriente, otro en Colina Santiago Poniente, a dos horas de viaje. Pero a pesar de que el viaje de retorno sería largo, nada de eso importaba, aquella fue una experiencia inolvidable, en muchos ámbitos. Aprendimos, reflexionamos y lo más importante: observamos. Algo que en este mundo globalizado lleno de estímulos rápidos cada vez se está perdiendo más. Llegamos a nuestros hogares todos sanos y a salvo, pero planteándonos todo lo que nos rodeaba desde nuestra familia, nuestro hogar y quienes nos acompañan. Haciendo memoria, y honrando este escrito, es prudente cambiar aquella palabra inicial que define nuestra experiencia, ya no es replanteamiento, sino más bien: agradecimiento.

Comedor "Hijos de la Calle"

UNA ALDEA HUMANA EN RENCA

Una historia por Sebastián Álvarez Arenas

A varios kilómetros del corazón de Santiago, lejos de los altos edificios, lejos de los alumbrados públicos que encandecen los sentidos de los santiaguinos. Donde la noche llega más tarde porque no existen sombras de rascacielos, se encuentra escondida para pocos, pero visible para muchos, una pequeña aldea. Con murallas rojas, y un portón negro descascarado; así se presenta aquella aldea, con humildad y con amor frente a los vecinos de la Comuna de Renca. 

Esta pequeña aldea humana fue bautizada y lleva el nombre de “Hijos de la Calle” para sorpresa de muchos  que hemos decidido adentrarnos y conocer qué hay detrás, podrán confirmar que las puertas parecieran no tener cerrojos, que las ventanas parecieran no cerrarse y que los puestos en la mesa están muy cercanos a ser infinitos… sin la necesidad de una invitación formal ni mucho menos una gigantografía “Hijos de la Calle” invita y recibe con calor humano a todo aquel que necesite y quiera tener un espacio en aquellas mesas.

Un abrazo, una palabra de afecto, un plato de comida caliente, convivencia, y una zona segura es lo que ofrece con respeto y cariño “Hijos de la Calle” a los vecinos de Renca.

Vecinos y vecinas en soledad que no se sienten escuchados o que simplemente no tienen con quien conversar son acogidos, abrazados y cuidados con amor. ¿La edad?, no interesa, ¿tu ropa?, es insignificante, ¿vienes de cerca o de lejos? Todos son vecinos, todos son humanos, todos son hermanos, todos son familia.

Las paredes de aquella comunidad aguardan infinitas historias humanas comunes que sólo son escuchadas por los que deciden escuchar, y que sólo pueden ver los que se quieran acercar a verlas.

Humanos y humanas son los que se presentan en aquel comedor, pelean, discuten, se organizan en tiempos de carencia, festejan en tiempos de abundancia, se unen en salud y enfermedad como lo hacen los hogares de todo el mundo, pues son una familia.

El pan que se prepara en «Hijos de la Calle» es distinto, es una masa diferente y es probable que las mejores amasanderías aún no descubren la receta que utilizan en aquella aldea, y si lo hicieran no podrían fabricar aquellos panes. Es un pan amasado por personas que saben lo valioso que es aquel alimento, es amasado con fuerza por todas las veces que pasaron hambre, es horneado con pasión por todos aquellos que no pueden comerlo, y es entregado con amor para todos aquellos que necesiten recibirlo.

El aroma a la cocina es el mismo aroma que hemos sentido todos en nuestra infancia, un llamado a reunión y una señal de unión. Sin embargo, este aroma es diferente, puede llegar a todos los rincones de Renca… es un aroma que recorre calles, pasajes y avenidas. El sonido de las tapas de las ollas es ensordecedor, ya que posee un rugido de fuerza, por todos aquellos platos vacíos. Aquellos cucharones colgados están gastados, pero gastados de servir amor y esperanza, estos últimos son los ingredientes que se encuentran interminables en las despensas, son ingredientes no perecibles y es esto lo que se presenta en los diferentes platos y puestos.

Aquel comedor es invencible, no se encuentra en ninguna tienda de retail, es irrompible. Las mesas han soportado el peso de las miles de historias, han recibido infinitas lágrimas de felicidad y esperanza, han soportado el cansancio de una noche en vela; sin embargo, se postran ante los visitantes, cada vez que las puertas de aquel comedor se abrenl. Todas las sillas y mesas se preparan para hacer reverencia ante los luchadores que llegan con vivencias donde cada una es más dura que la anterior, pero nada de esto importa cuando los hijos de la calle se sientan a la mesa, porque han llegado a su hogar y se sienten en familia.

Como toda familia, están igualmente rotos. Hay personas que ya no se encuentran con ellos, que han partido hacia otro plano diferente, dejando este mundo.  Y si bien se siente el pesar del puesto vacío en la mesa, cada uno de ellos sabe que la historia de aquel hermano que ya no está físicamente  se seguirá contando como una forma de inspiración y de lucha. En cada silla, en cada mesa, en cada plato, en cada metro cuadrado de aquella aldea, se escuchará el eco de su historia y que jamás será olvidado porque vivirá en el corazón de aquella comunidad.

Al final del día, son toda una familia, y puede que no se digan, te quiero todos los días, pero solo ellos tienen idea de lo mucho que han pasado y de lo mucho que se aman. Porque son todos hermanos, ya que son hijos de la calle.