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Agradecimiento 

Una historia de Mateo Galleguillos Cordero

Sabíamos que la experiencia iba a ser dura, y que al terminarla no seríamos los mismos, todo esto es una situación que está fuera de nuestra burbuja de privilegios. Sin embargo, ninguno del equipo estaba preparado para lo que veríamos al visitar la ONG “Hijos de la Calle” y la “Corporación Nuestra Casa”. Si tenemos que definir nuestra breve vivencia en las organizaciones, en una palabra: sería “replanteamiento”, por todas las realidades que vimos, convivimos y que ahora comprendemos quizás de un punto de vista completamente diferente.

La primera organización a la que nos dirigimos fue “Hijos de la Calle” ubicada en Piedra Lobos 1235, en la comuna de Renca, nuestro recibimiento fue de diez puntos por Mauricio Soto, más conocido como «Mewi», y aún más conocido como «tío Mewi» por los habitantes de la ONG. Para nuestra sorpresa, coincidimos en visita con un grupo del Banco Falabella que fue a ayudar a preparar el almuerzo comunitario para las 12:40 PM, sin antes, tomar desayuno entre todos en el comedor central de la ONG. 

Al entrar a aquel espacio, debido a la calefacción del lugar y por el frío de afuera, los aromas corporales debido al poco aseo de los visitantes combinado con el cariñoso intento de limpieza de la ONG se intensificaban en el sitio. Nosotros intentamos ocultar el golpe a nuestro olfato al momento de entrar, pero como equipo, al conversar después, coincidimos en que nos impactó de gran manera.

Antes de comer, escuchamos una charla de «Mewi» sobre la validación y la necesidad social en el ojo de lástima por las personas en situación de calle que posee erróneamente gran parte de la ciudadanía y como esto no debería ocurrir, ya que somos igualmente dignos por ser personas comunes y corrientes. 

La primera imagen visual que nos sorprendió del lugar fueron las paredes del comedor. Fechas de cumpleaños de integrantes de la ONG, los objetivos de cada uno, como también los quehaceres que entre todos deben realizar: cocinar, limpiar los baños o traer alimentos a la bodega. Y ahí, nos percatamos de algo esencial que mantiene vivo espiritualmente a este sitio: todos trabajan, desde «Mewi» hasta nosotros, las visitas.

«Mewi», en el desayuno, mencionó que ese día pasaría una carroza fúnebre por un miembro de la familia de “Hijos de la Calle”. Todos los que estaban ahí presentes salieron con globos blancos para homenajear al compañero fallecido, mientras el carro pasaba, observábamos las caras de llanto de los conductores de aquella carroza que externalizan el dolor en el ruido de los motores haciéndolos rugir, se veían igual las lágrimas de los demás integrantes mientras agitaban sus globos con fuerza, rezando, haciendo la señal de la cruz y llorando por la pérdida de su ser querido. No comparten sangre, pero compartían lágrimas en esta ocasión, lo que reflejaba que eran una fraternidad y comunidad la familia de “Hijos de la Calle”. Como en todo hogar ahí todos trabajan, pero no como una obligación, sino para mantener el hogar que unió este recinto. 

Con el objeto de realizar un reportaje para la Universidad, nos acercamos a la ONG y trabajamos en equipos de dos al momento de grabar las imágenes, uno se encargaba de video y audio, y otros entrevistaron. Mientras parte del equipo entrevistaba a la psicopedagoga, otro se quedaba esperando por más material para aquel reportaje. En ese momento, Jorge Díaz, un visitante de “Hijos de la Calle”, nos contó su vida, él tiene un hogar, una casa grande heredada de su mamá, pero no tiene con quién vivir, está completamente solo. Así que, para aliviar su soledad, acude a “Hijos de la Calle” para ayudar, conversar y relacionarse con sus demás compañeros.

La soledad es una problemática que está presente en la sociedad, y más en estos lugares, y nosotros, que tenemos una familia que funciona como un ancla ayudándonos en momentos claves de debilidad, ya sea nuestra madre, amigos o un familiar, gracias a la historia de vida que nos brindó Jorge, quizás nos ayude a valorar más este tesoro: la compañía, que solo unos pocos privilegiados como nosotros podemos apreciar. 

Después de jugar a la pelota con Jorge, luego de entrevistar y grabar sentimos el cansancio. Esperamos al almuerzo para observar cómo los vecinos y vecinas de Renca llegaban a recoger su comida, pero a las 12:00 PM, aproximadamente, escuchamos el grito de una de las cocineras: «¡necesitamos manos!», y nos ponemos manos a la obra. Agarramos ollas gigantes que contenían arroz y guisos, ensaladeras grandes que había que dejar en el comedor para comenzar el almuerzo. Sinceramente, notamos las caras de cada uno de nosotros y había un gran miedo de botar la comida, el trayecto era corto, pero la mala suerte está en todas partes. No podíamos fallar.

Después de grabar cómo las personas se acercaban a la puerta para comer, nos despedimos de todos para retirarnos del lugar, si bien, nos alejamos de “Hijos de la Calle” luego de aquella jornada, esta vivirá para siempre en nosotros. Reímos, jugamos, conversamos y sentimos una gran tristeza, pero de aquellas que inspiran al saber las historias que se aguardan en ese lugar. Todo esto, no lo pudimos reflejar en el paradero de la micro en la vuelta, ya que aquel silencio reflexivo es lo que invadió e impidió una conversación entre el equipo.

Después de almorzar y poder descansar unos minutos, la jornada de trabajo continuaba, aún faltaba visitar a otro de nuestros socios comunitarios. Nos dirigimos al paradero cerca del metro Baquedano para ir a la “Corporación Nuestra Casa” ubicada en el barrio Yungay, frente la vivienda del Presidente de la República, Gabriel Boric. La fachada era antigua, muy típica del barrio Yungay, nos recibieron con mucha amabilidad, aunque se nos dificultó entrevistar debido a que el personal no estaba muy acostumbrado a las cámaras. Sin embargo, al terminar nos indicaron que necesitaban ayuda para hacer la «Ruta Calle» la cual consiste en repartir pan y café en el barrio. El trayecto constaba de Yungay hasta Matucana, así que, nuevamente, tendríamos que ponernos manos a la obra y vivir en carne propia una de las actividades más significativas de “Corporación Nuestra Casa”.

Las personas que viven en “Corporación Nuestra Casa”, cuentan con cuatro camas por habitación, un cuarto de estar con un televisor y un computador. Aquí pensamos que el sentido de comunión y familiaridad era parecida a “Hijos de la Calle”, pero quizás, no era tan así, ya que existe un constante cambio entre sus residentes.

Ya siendo las 17:30 PM aproximadamente, empezaron a llegar las demás personas para preparar el té, el pan y salir a repartir. A un integrante de nuestro equipo (el que en este momento está luchando con su memoria para escribir este relato lo más fiel posible a lo que fue) se le ocurrió la maravillosa idea de poner el manjar en los cincuenta panes que se estaban preparando, lo que, al término de esta tarea, concluyó en sentir las manos destrozadas hasta el día siguiente. En esta labor, nos asombró que la mayoría de los que hacían la «Ruta Calle» eran residentes, pero que estaban en otra vivienda de “Corporación Nuestra Casa”, ya que, habían egresado de la casa matriz, estos contaron su historia, y las variadas problemáticas que existían en la situación de calle, en específico la soledad que se vive día a día y noche tras noche.

Ya, con los 50 panes listos, el cansancio de la larga jornada de trabajo se empezaba a notar en nuestras manos y pies. Aquel aroma de un débil aseo característico ya se había impregnado en mi ropa y en la del equipo. Nos pusimos un peto color naranja fosforescente para distinguirnos y partimos al viaje para poder brindar nuestro grano de arena a las personas en situación de calle. Uno del equipo hizo la enseñanza media cerca de los lugares en los que pasamos repartiendo alimentos, y nunca observó la cantidad de gente en situación de calle que se encontraba en el perímetro, a pesar de estudiar cuatro años en aquel lugar.  Puede ser que ahora hay más personas en esta condición, o quizás él hacía ojos ciegos y oídos sordos, lo que ahora lo golpeaba la realidad como puño en la cara.

Uno de los voluntarios nos llevó a dos de nosotros para entregar pan y té, cerca del hospital San Juan de Dios y con la frase: “debemos estar juntos, es muy peluo´ por acá” y un gran miedo nos invadió al conversar con los demás del equipo. Es un sentimiento normal, el típico miedo a lo desconocido, pero aún queda un grado de culpa al conocerlos y descubrir que son personas que derrochan amabilidad. Los prejuicios hacen que lleguen los pensamientos negativos, pero tal como dijo “Mewi”, son personas como todos nosotros.

Tarde- noche, cansados, oliendo mal y agotados emocionalmente, son algunas de las descripciones que puedo recordar. El equipo se notaba muy exhausto y era normal, ya que uno de nosotros vive en la Dehesa Santiago Oriente, otro en Colina Santiago Poniente, a dos horas de viaje. Pero a pesar de que el viaje de retorno sería largo, nada de eso importaba, aquella fue una experiencia inolvidable, en muchos ámbitos. Aprendimos, reflexionamos y lo más importante: observamos. Algo que en este mundo globalizado lleno de estímulos rápidos cada vez se está perdiendo más. Llegamos a nuestros hogares todos sanos y a salvo, pero planteándonos todo lo que nos rodeaba desde nuestra familia, nuestro hogar y quienes nos acompañan. Haciendo memoria, y honrando este escrito, es prudente cambiar aquella palabra inicial que define nuestra experiencia, ya no es replanteamiento, sino más bien: agradecimiento.

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