Comedor "Hijos de la Calle"

UNA ALDEA HUMANA EN RENCA

Una historia por Sebastián Álvarez Arenas

A varios kilómetros del corazón de Santiago, lejos de los altos edificios, lejos de los alumbrados públicos que encandecen los sentidos de los santiaguinos. Donde la noche llega más tarde porque no existen sombras de rascacielos, se encuentra escondida para pocos, pero visible para muchos, una pequeña aldea. Con murallas rojas, y un portón negro descascarado; así se presenta aquella aldea, con humildad y con amor frente a los vecinos de la Comuna de Renca. 

Esta pequeña aldea humana fue bautizada y lleva el nombre de “Hijos de la Calle” para sorpresa de muchos  que hemos decidido adentrarnos y conocer qué hay detrás, podrán confirmar que las puertas parecieran no tener cerrojos, que las ventanas parecieran no cerrarse y que los puestos en la mesa están muy cercanos a ser infinitos… sin la necesidad de una invitación formal ni mucho menos una gigantografía “Hijos de la Calle” invita y recibe con calor humano a todo aquel que necesite y quiera tener un espacio en aquellas mesas.

Un abrazo, una palabra de afecto, un plato de comida caliente, convivencia, y una zona segura es lo que ofrece con respeto y cariño “Hijos de la Calle” a los vecinos de Renca.

Vecinos y vecinas en soledad que no se sienten escuchados o que simplemente no tienen con quien conversar son acogidos, abrazados y cuidados con amor. ¿La edad?, no interesa, ¿tu ropa?, es insignificante, ¿vienes de cerca o de lejos? Todos son vecinos, todos son humanos, todos son hermanos, todos son familia.

Las paredes de aquella comunidad aguardan infinitas historias humanas comunes que sólo son escuchadas por los que deciden escuchar, y que sólo pueden ver los que se quieran acercar a verlas.

Humanos y humanas son los que se presentan en aquel comedor, pelean, discuten, se organizan en tiempos de carencia, festejan en tiempos de abundancia, se unen en salud y enfermedad como lo hacen los hogares de todo el mundo, pues son una familia.

El pan que se prepara en «Hijos de la Calle» es distinto, es una masa diferente y es probable que las mejores amasanderías aún no descubren la receta que utilizan en aquella aldea, y si lo hicieran no podrían fabricar aquellos panes. Es un pan amasado por personas que saben lo valioso que es aquel alimento, es amasado con fuerza por todas las veces que pasaron hambre, es horneado con pasión por todos aquellos que no pueden comerlo, y es entregado con amor para todos aquellos que necesiten recibirlo.

El aroma a la cocina es el mismo aroma que hemos sentido todos en nuestra infancia, un llamado a reunión y una señal de unión. Sin embargo, este aroma es diferente, puede llegar a todos los rincones de Renca… es un aroma que recorre calles, pasajes y avenidas. El sonido de las tapas de las ollas es ensordecedor, ya que posee un rugido de fuerza, por todos aquellos platos vacíos. Aquellos cucharones colgados están gastados, pero gastados de servir amor y esperanza, estos últimos son los ingredientes que se encuentran interminables en las despensas, son ingredientes no perecibles y es esto lo que se presenta en los diferentes platos y puestos.

Aquel comedor es invencible, no se encuentra en ninguna tienda de retail, es irrompible. Las mesas han soportado el peso de las miles de historias, han recibido infinitas lágrimas de felicidad y esperanza, han soportado el cansancio de una noche en vela; sin embargo, se postran ante los visitantes, cada vez que las puertas de aquel comedor se abrenl. Todas las sillas y mesas se preparan para hacer reverencia ante los luchadores que llegan con vivencias donde cada una es más dura que la anterior, pero nada de esto importa cuando los hijos de la calle se sientan a la mesa, porque han llegado a su hogar y se sienten en familia.

Como toda familia, están igualmente rotos. Hay personas que ya no se encuentran con ellos, que han partido hacia otro plano diferente, dejando este mundo.  Y si bien se siente el pesar del puesto vacío en la mesa, cada uno de ellos sabe que la historia de aquel hermano que ya no está físicamente  se seguirá contando como una forma de inspiración y de lucha. En cada silla, en cada mesa, en cada plato, en cada metro cuadrado de aquella aldea, se escuchará el eco de su historia y que jamás será olvidado porque vivirá en el corazón de aquella comunidad.

Al final del día, son toda una familia, y puede que no se digan, te quiero todos los días, pero solo ellos tienen idea de lo mucho que han pasado y de lo mucho que se aman. Porque son todos hermanos, ya que son hijos de la calle.